En 1999, cuando apenas cursaba la secundaria, mis amigos y yo fuimos a ver The Blair Witch Project. La cinta había creado mucha expectativa sobre su posible “carácter real” (vamos, estábamos en pañales en ese tipo de historias) y tuvo un legado considerable al instaurar un género que, a falta de un mejor nombre, llamaré horror documental. Como toda idea que tiene éxito en Hollywood, la fórmula ha sido explotada a más no poder: tómense unos testimonios por allá, unos encuadres en primera persona por acá, una iluminación mala, una...